La transformación de la escuela implica necesariamente avanzar gradualmente en algunos aspectos específicos de la vida escolar, con el fin de afianzar aquellos rasgos positivos que existen en los colegios, y modificar las prácticas que todavía se mantienen aferradas a una tradición que no responde a las expectativas de niños, niñas y jóvenes ni a las necesidades más urgentes de la sociedad.
Uno de estos aspectos tiene que ver con las relaciones sociales que se dan en el ámbito de la institución educativa entre sus diversos protagonistas: niños, niñas y jóvenes, estudiantes y maestros, maestros y directivos escolares, familias, comunidad y población escolar… El tipo de relaciones humanas que se desarrolla en cada colegio determina en alto grado el proceso de socialización de los alumnos, facilitando o haciendo más difíciles los procesos de aprendizaje, la participación, la gestión de los directivos y las relaciones con el entorno.
No hay duda de que la calidad de un colegio debe medirse, entre otras cosas, por su clima escolar, las condiciones de convivencia entre todos los miembros de la comunidad, la capacidad que tenga toda la organización para construir relaciones de solidaridad, respeto y valoración entre todos y todas y, por supuesto, en el desarrollo de modelos de dirección que propicien la participación sin poner en riesgo el ejercicio legítimo de la autoridad.
Para avanzar en estos propósitos es necesario ser conscientes de la complejidad de una organización escolar: allí confluyen niños y niñas de diferentes edades con formas de comunicarse completamente distintas y con necesidades individuales muy variadas; los maestros y maestras no son seleccionados por afinidades personales y muchas veces llegan a un colegio en el que no quisieran estar porque es lejos de su vivienda o porque se sienten intimidados por sus compañeros de trabajo o por sus estudiantes; en otras ocasiones es el rector o rectora quien recibe el rechazo de miembros de la comunidad que debe dirigir, bien sea por su manera de ser, por las ideas que plantea o simplemente porque pretende impulsar cambios que siendo necesarios alteran rutinas fuertemente arraigadas por muchos años. A esto se añade el reto de educar a TODAS y TODOS los niños y jóvenes, aún si muchos de ellos demuestran altos niveles de desmotivación frente al estudio o si manifiestan conductas difíciles de comprender y manejar. Como si las complejidades internas fueran pocas, hay que tener en cuenta también las dificultades del entorno social, de las familias, de la pobreza, de la violencia que se vive en las calles…
Por todo esto es necesario hallar claves que permitan incidir en la vida escolar de una manera eficaz, pero no simplista. Es imposible definir una fórmula precisa para abordar todos los problemas, y definitivamente es ingenuo pensar que basta una evaluación de áreas de aprendizaje y un plan de mejoramiento para lograr una mejor educación. Avanzar en la calidad implica avanzar en la comprensión de una comunidad humana, identificar sus principales necesidades, indagar sobre sus objetivos comunes y buscar mecanismos de participación que tomen en cuenta a quienes hacen parte de ella, pues sus ideas y sus voces son la base sobre la cual se puede avanzar en un proceso formativo común.
En este contexto de complejidad adquiere pleno sentido la reflexión sobre la ética del cuidado, aplicada de manera específica a la tarea educativa.
Francisco Cajiao Restrepo
Nacido en Bogotá en 1947. Es Licenciado en Filosofía de la Universidad Javeriana y M.A. en Economía de la Universidad de los Andes.
Durante más de veinticinco años ha trabajado como maestro tanto en la escuela primaria y secundaria como en el ámbito universitario, donde además ocupó la rectoría de la Universidad Distrital (1980/82) y de la Universidad Pedagógica Nacional (1986/87).
Fue director del Departamento Administrativo de Bienestar Social del Bogotá (1979/80). En el campo de la formación profesional se desempeñó como Subdirector de Planeación del SENA (1984/85).
En los últimos años ha estado trabajando como consultor de las Naciones Unidas en El Salvador, Guatemala, Nicaragua, Roma y Mozambique.También es consultor de UNESCO en Perú y de la CAF en los países del área andina.
Durante diez años (1990/2000) fue director de la división de educación de la Fundación FES, desde donde impulsó grandes proyectos de investigación y desarrollo escolar como Atlántida, Nautilus y Pléyade.
Asesor de COLCIENCIAS para el Programa ONDAS de ciencia y tecnología entre el 2000 y 2004.
Hasta diciembre de 2007 se desempeñó como Secretario de Educación de Bogotá. Miembro permanente de la Academia Colombiana de Pedagogía y Educación.
Además de ser columnista permanente de El Tiempo, ha publicado varios libros y numerosos artículos y ha desarrollado una amplia labor en investigación educativa. Entre sus publicaciones se destacan:
· Poder y Justicia en la Escuela Colombiana
· Pedagogía de las Ciencias Sociales
· Las fronteras de la normalidad
· La Piel del Alma
· La formación de maestros y su impacto social.
· Instrumentos para escribir el mundo.